
Jorge y Carla se necesitan mucho pero últimamente no se lo demuestran. Desde que nació el niño no han tenido relaciones íntimas; él lo intentó un par de veces pero se alejó temiendo molestarla, “Carla ya no es como antes, ahora se ve tan cansada” Piensa Jorge irritado. “¡Creo que ya ha terminado la pasión!”
Los temores e irritaciones de Jorge son muy comunes en parejas que entran en la paternidad por primera vez.
También comúnmente sumado a la falta de relaciones íntimas viene una falta de comunicación en la pareja que da pié a que ni la nueva mamá ni el nuevo papá comenten entre ellos las situaciones por las que están pasando.
En el momento en el que dos personas deciden dejar a la familia de origen e inician una propia surge la primera etapa del ciclo vital familiar, es decir, como nueva pareja deberán buscar el crecimiento y armonización de una relación íntima que incluya los estilos y expectativas de ambos. Esta etapa de re-ajuste puede tener una duración indefinida, pero en muchas ocasiones no es del todo asimilada cuando ya ha aparecido la segunda etapa que se caracteriza por la llegada del primer hijo. Por lo tanto, es común que la pareja que se ha estabilizado la primera etapa cuando nuevamente ya es tiempo de que se plantee otro ajuste que podría demandarles todavía más que el anterior.
El nacimiento del primer hijo plantea la reorganización de la familia para cumplir nuevas tareas: división del tiempo y reparto de afecto entre otros, ya que con la venida del nuevo miembro generalmente también llega un sentido mayor de responsabilidad hacia él que hace dejar de lado otros aspectos de la pareja que antes les parecían de suma relevancia.
Esto surge porque ahora los padres tienen un doble rol que deberán jugar. En el caso de ella será el de esposa y también el de madre pero sin olvidar que aunque forma parte de este nuevo sistema no deja de ser también una persona con necesidades autónomas a las de su familia que muchas veces por la sensación de repartir su afecto tiende a dejar de lado.
Es normal entonces que “mamá” se vea involucrada en una serie de intrincadas situaciones en las que trata de repartir su día entre su papel de esposa y su papel de madre generalmente dando mayor prioridad al segundo. A veces, se centra en el niño y no le queda lugar para su cónyuge, lo que le crea sentimientos de culpa. Papá puede ayudar mucho o ponérselo más difícil, es posible que pueda alejarse de su mujer porque no sabe cómo actuar como progenitor.
También puede percibir el alejamiento de su pareja como un rechazo y sentir celos porque compite con el niño por el amor materno.
El amor de madre consiste, entre otras cosas, en esperar a que el hijo vaya separándose poco a poco de ella, según adquiera independencia. Freud aludía a esta relación al hablar de una cualidad indispensable cuando se ama a otro: respetar su ser. El que la madre dirija sus deseos hacia algo distinto de su hijo permite a éste diferenciarse de ella. Y la mejor ayuda es el padre. Éste tendría que acompañar y proteger al dúo madre-hijo durante los primeros meses. En estos momentos le toca ser generoso y dar apoyo. Tras un tiempo, le tocará a ella ir separándose del hijo y retomar el lugar de mujer junto a su pareja.
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